11/4/10

¡¡¡¡¡ESTOY VERDE!!!!!



“(…) El verdadero lavado de cerebro se lo hace uno a sí mismo mediante la esperanza, que es una forma del instinto de conservación de una nación, si verdaderamente se es uno de sus miembros vivos”
El tiempo recobrado, Marcel Proust.

I
Esto lo decía un escritor, que se tenía por fracasado, acerca de los patriotas que tomaron partido durante la Gran Guerra; una decisión tan doméstica como la parcialidad que surge en una discusión familiar. La diferencia la notamos en los resultados colectivos, en aquella coincidencia repentina de muchos individuos en un solo e irrenunciable parecer. La indescifrable certeza grupal que cree, presume y defiende la consecución inaplazable de un par de quimeras nacionales, a pesar de los absurdos medios que las circunstancias imponen para acceder a ellas.
Los moralistas franceses, tan estudiados por Jon Elster y su discípulo Antanas Mockus, recelaban de las decisiones colectivas, porque la vigencia en los estados modernos de las constituciones republicanas dependía en gran medida de la orientación inestable, o misteriosa, del agregado de creencias y deseos individuales que a lo largo del tiempo generan aquellos repentinos "estados de opinión".
Maurice Joly sospechaba de las constituciones fundadas sobre los ideales republicanos. La igualdad, por ejemplo, le parecía un artificio dada la pésima repartición entre los individuos de facultades y dones. De esta tendencia natural a la alteridad, a la diferencia nacen, dice Joly, todos los conflictos: el más fuerte domina al más débil, o el más espabilado engaña a una multitud. La desigualdad es el centro de la inestabilidad política y del monopolio del poder:

Estamos ante una especie de fatalismo que consiste en el reparto fortuito de las inteligencias y de las fuerzas morales como de las otras ventajas sociales. El poder, la fortuna, los cargos y la fama son otros tantos monopolios naturales, que sólo pueden pertenecer a un número pequeño de privilegiados. Puede considerarse la vida como una lotería en la cual sólo unos pocos números son agraciados. Los que ganan excluyen a los demás.

Para Elster, y su escuela, tanto la desigualdad como el monopolio del poder y el engaño, son meros factores que constriñen la toma de decisiones individuales, acciones que con el tiempo y la certera corrección de sus causas deparan otros efectos, driblando las trampas de la manipulación política o de las inconsistencias culturales. Se trata de influir en la representación individual de las acciones para obtener una proyección colectiva de sus consecuencias justificada por la auto-gratificación, la conciencia personal y el respeto social. Los críticos de Elster apelan a un supuesto cartesianismo (Mockus escribió una tesis sobre Descartes y la representación en la era técnico-científica) para mostrar que el punto de partida de este modelo de las acciones individuales es el cambio representacional -especular o imaginativo- de las creencias, las emociones y los deseos que estratifican las preferencias de la actuación individual. La correcta intervención en las causas de las acciones particulares genera un sensible agregado de cambios individuales que puede, con el tiempo, modificar las decisiones colectivas. Este es el fundamento de la ya célebre “cultura ciudadana” expresada en formulas como: el combate del “atajismo”, la resistencia civil no-violenta o la adquisición de compromisos ciudadanos.
Joly, de la escuela política florentina hasta el tuétano, negaría la posibilidad de un cambio cultural bajo los supuestos de la neutralidad de los intereses individuales y la imposición no condicionada de reglas sociales. En resumen, si alguien quiere cambiar busca algo más que las gratificaciones de su propia conciencia y las sociedades que no tengan en el miedo, en el hambre o la desigualdad, los impulsos para acatar un orden político destacan por su ausencia en la historia de la humanidad.
Creo que estas dos formas de ver el proceso y la realización de las decisiones colectivas están presentes en la carrera política por la silla presidencial. De un lado esta el científico social con una caja de herramientas con la que pretende transformar desde cada ciudadano la cultura y la vida en sociedad para garantizar la estabilidad política y el bienestar colectivo, y del otro lado, está la estirpe electoralista que persigue ante todo la comodidad de la propia casta política por encima de los fines que la nación tanto desea.

II
Si observamos la contienda política al día de hoy vemos que los “peros” a la campaña de Mockus parten de los supuestos de Joly: la inexistencia de neutralidad en las decisiones políticas, la desigualdad de la población rural frente a la urbana a la hora de elegir a sus representantes, la imposición de los intereses del caciquismo regional en el congreso, la manipulación mediática. Todo esto le sirve a los analistas -que incluso declaran su apoyo a Mockus- para subestimar el programa de cambio socio-cultural, porque la gobernabilidad en la historia política de la nación se ha mantenido con el hambre de las mayorías y la recompensa burocrática a los partidos, factores que sostienen, aún, el liderazgo conjunto de la U y los conservadores.
Los analistas están acostumbrados a un ajedrez político plagado de jugadas contradictorias y de estrategias sin tablero, a partidas celebradas por debajo de la mesa. En esto Santos es el mejor jugador. Si vemos la historia de su desempeño en cargos públicos comprobaremos que siempre ha servido a los gobiernos de otros, a otros programas que no son los suyos y ha tenido la suficiente habilidad para saltar de partido en partido, de administración en administración para repetir a coro lo que antes negaba o desmentir lo que antes defendía. En palabras de Coronell:

Santos (…) ha paseado por el gavirismo, el pastranismo y el uribismo. Siempre ha sabido bajarse de los barcos y seguramente saltará de este, a tiempo y sin despeinarse, cuando llegue el momento.

Estamos ante un político que siempre ha vivido de ideas prestadas, de proyectos amañados por otros, de lo que un cacique le susurra al oído. Está muy claro que en su caso desconocemos las reglas del juego político, porque para los que pertenecen a su vertiente no existen las reglas, tan sólo el caos de la desigualdad individual y el canto de sirenas que nos llama a un “sálvese quien pueda” sin ninguna orientación colectiva.
En la otra orilla se encuentra Mockus, un político que ya ha demostrado, en las administraciones que han llevado su nombre, que la aplicación de la transformación cultural en la vida ciudadana es eficiente en términos individuales y colectivos a distintos niveles: seguridad, equidad y control no-violento de los conflictos. Sus proyectos no son los de otros, ni persiguen una situación confortable para una cierta casta política, su ideario, el de los verdes, persigue la indispensable revitalización de la confianza en cada ciudadano ¿para qué pretendemos recuperar la confianza externa en el país cuando nosotros mismos no confiamos en el vecino, en la administración, en las instituciones? El punto de partida de este proyecto político es la transformación del ser humano desde sus deseos, emociones e ideas, para cambiar con ello las razones de cada proceder, de cada acción. Creo que nadie dudará de que esta propuesta espigada del humanismo es más fundamental y sensata, en las condiciones en las que vive el país, que las opciones políticas que se alimentan del caos social y la desconfianza.

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