6/8/06

LAS PUTAS DE LAS VEGAS



Por Néstor Cristancho
Septiembre 2005

Ya sabía que de alguna manera, y en algún buen momento, me iba a conseguir un par de buenas putas en Las Vegas.
Cómo no, si es la ciudad del sexo, el juego y el licor. La 'Sin City' y su 'Strip', esa larga calle donde convergen los deseos, la suntuosidad, el juego, Nueva York, París y otros remedos.. La de casinos monumentales, ciudad reinventada, demolida y otra y mil veces reconstruida.
En cada rincón la ciudad expresa su oferta sexual: en pancartas y pasacalles; en los semáforos hay racimos de tarjetas con monitas desnudas y el teléfono para llamarlas; y las cajas plásticas que en otras ciudades sirven de dispensario de periódicos, aquí son para las revistas de anuncios de sexo a domicilio.
A ver, por ejemplo, se ofrece una rubia de tetas grandes, 18 años recién cumplidos, y ella y su mejor amiguita de la secundaria te visitan en tu casa con solo levantar el teléfono. $49, $65, $39.
Una de las putas después me explicó que la palabra 'puta' viene del vocablo griego budza, específicamente de la ciudad de Mileto, "de la que era Tales", enfatizaba ella para mostrarse más ilustrada.
Primero, que como los griegos eran tan maricones, para nada les interesaba la mujer. Parece que las féminas eran de lo más impopular, incluso en los cementerios de Atenas, en los epitafios del sexo femenino no se leía ni el nombre, apenas identificaban a la fallecida con letreros como estos: “Esta era cocinera”, “Esta cosía”.
Pero eso era en Atenas, porque en Mileto las mujeres aprovecharon que las subestimaban y se pusieron a leer, a ser pintoras, artistas, pensadoras y buenas amantes. Y ellas eran las budzas, de las que hasta los maricones de Atenas quedaron encantados. La mala reputación de la palabreja parece que vino de parte de las celosas mujeres esclavizadas de Atenas que no les gustó mucho que sus hombres amos se enamoraran de la sabiduría de las budzas.
Y como buenos humanos, el significado que hizo carrera fue el negativo y, con algunas transformaciones, ha perdurado de generación en generación hasta nuestras putas.
Tomé el teléfono y llamé. Me contestó una chica con vocecita de gato y llamándome “honey” con mucha naturalidad. Me explicó que debía pagar $100 por la primera hora en que la enviada haría un “seductor desnudo; y lo demás depende de ti, honey!”
No concreté el negocio y quedé de llamar más tarde. De todas formas, lo que pretendía era hacer un estimado del golpe.
Las Vegas estaba ahí. Me lancé a la Fremont, donde se creó el primer bulevar de casinos en 1992 y le pusieron ‘Freemont Street Experience”. Claro que Las Vegas y el juego lidian de más atrás, por allá desde 1930, cuando los gringos legalizaron el juego.
Pero “la experiencia” de la Fremont es de apenas unas tres calles, porque hay que verla desde la calle 11 donde comienzan los suburbios, la regular pobreza, los limosneros y la gente de la calle que es un símbolo tan ‘americano’ como las 50 estrellas de la bandera.
Y “la experiencia” de la Fremont son tres casinos y nada más que dos ‘go-go’ dancers, en los que se ofrece “totally naked girls”. Pero yo ya tenía un plan en mente.
Recorrida Fremont, regresé al ‘hostal’ y me embriagué con dos australianos buena gente, ingenieros, pero gozadores. Graham, que es el conversador, que está aprendiendo a tocar la guitarra y que fue dibujante certificado en su adolescencia. El otro es Oliver, de un mostacho parecido al de Dalí, observador, callado y jugador. Unos tipasos.
Al día siguiente salimos juntos, volví a la Fremont y luego nos subimos al bus 301 rumbo al ‘Strip’.

Nos perdimos pronto porque yo andaba sacando fotos. Me sumergí en el océano de casinos, de edificios lobos y feos de tan ostentosos. Grandes marcas comerciales, fastuosos restaurantes, mujeres fuera de este mundo, tanto en belleza como en desubicación. Pasaban millonarios que te empujaban con desprecio para apartarte de su camino. Camino al abismo.
Y así hasta que sucedió la llamada.
Le dije a la puta que me recogiera en el Whym. Y, que bueno, que me presentaría a su mejor par.

-En veinte minutos en el lobby.

-Ok.

Me quedé sin pisar el Caesar Palace, Excallibur, Monte Carlo, NY NY, París y todas esas güevonadas. Apenas les pasé cerca, en el carro de este par de putas que me recibieron con mucha cortesía.
Ahí, en esa silla, en ese carro, fue donde me enteré de la sabiduría histórica de las putas. Salimos de Las vegas Boulevard, le dijimos Chaú al gran ‘Strip’.
Aunque el plan inicial era tomar algo, ir a su templo, pasarla bien y luego me llevarían –temprano- al hostal en que me hospedaba, yo me imaginaba, sin embargo, que la cosa se podía complicar. Además las putas me dijeron que tenían un ‘moñito’ (bareta, pasto, marihuana). Y que íbamos rumbo este, al otro lado de Las Vegas, “donde vivimos los que trabajamos para mantener el pecado”, dijo una de las dos putas.
La casa me sorprendió. Pagan lo que un apartamento de dos alcobas en El Bronx o en Brooklyn, pero aquella casa era una “¡casa la hijueputa!”: cuatro habitaciones, patio, una cocina rechimba, salota, baño y en el garaje hicieron su templo.
‘El Templo’ es donde se dedican a pecar, y adónde me llevaban a mí. Media luz, lámparas bacanísimas de luz dirigida, un estéreo con su propia iluminación, una mesa de billar en el centro y una tarima de esas de bar donde había una batería y una guitarra.
Nos tomamos las primeras cervezas, fumamos, fumamos, orinamos en los árboles y comenzó el espectáculo.
Rafael tocó la batería y Jenri la guitarra. Empezaron a volar. Los dos juntos pero cada uno obligando al otro a ir más allá. Las baquetas aquí, allá, bajo, agudo, pratz!!! Las cuerdas llorando, riendo, estruendosas, rumorosas, ñaaammmmmg… Se fajaron, se divirtieron.
En Colombia vivían tocando en pizzerías Domo. Jenri también hizo publicidad. Hacía comerciales institucionales en que cerraban las avenidas bogotanas para filmar sus ideas. Y por grabar un comercial de derecha mamerta, solo por poner la voz para el bodrio, le tocó salir de Colombia, y paró en New Jersey, en New York y, ahora, en Las Vegas.

Rafael es un artista, aventurero, le encanta la cámara, el video, aunque respeta la fotografía, que es el cuento de Jenri, que vive haciendo diseño gráfico.
Rafael es viajero, le gusta la buena vida, y por eso se la pasa haciendo templos de la categoría del que tiene en Las Vegas. En Bogotá tuvo uno, abierto al público, y que se recuerda en la vida nocturna de Bogotá en el listado de los buenos bares de rock.
Rafa se acuerda de esas historias de caminante, y que en una desierta carretera hacia Sincelejo, donde cada treinta minutos o cada hora aparecía un carro, a él y a su compañero de aventura los recogió un camión.
Pero el viaje les duró hasta que oscureció, y en una zona donde no había nadie ni nada, los hicieron bajar.

-Hasta aquí llego yo muchachos. Sincelejo está por esa carretera, de ahí pa’ baaaaaaaaajoooooooo…

Y ahí se quedaron, caminando en soledad tan oscura. Caminaron y caminaron hasta que vieron una pequeña lucecita en la distancia.

-¡El ‘ride’ pa’ Sincelejo! ¡Jueputa!

Como era pura explanada costeña, divisaron la lucecita y se sentaron a esperarla. Como estaban muy cansados, temían que los venciera el rezago y que se quedaran dormidos, que la lucecita, el carro que la portaba, los dejara plantados. Como que la esperanza les pasara cerquita y les dijera “aquí no, chao”. Era la única oportunidad de que los llevaran a Sincelejo.
Y la lucecita se fue volviendo ‘luz’, avanzando hacia ellos. Luego la acompañó el estruendo del motor lejano: ruuuuuuuuuuuuuuuuuuuummmmmmmmmm…
Pero nada que llegaba ese carro. A cambio quién dijo sueño, pura ansiedad, entusiasmo y suspenso. Y a lo lejos, la luz y el ruido del motor… Ruuuuuuuummmmmm.

-Y nada que llegaba. Estábamos ahí parados. Nos pusimos listos para hacerle la parada. Y la luz acercándose. Y el ruido del motor, RUuuuuuuuuuummmmmm…

El motor tronaba, la luz enceguecía. Aquí está. Aquí está. El ride, el aventón pa’ Sincelejo, descanso, tranquilidad. Y ahí estaba, le vimos la forma, las luces, el motor… RRUUMM…
RUUUUUUUUMMMMMM…
RUUUuuuuuuuuuuuuuuuuuuummmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmm…

Y nos quedamos ahí. Callados. Viendo la cosa desde el otro ángulo. Cómo se iba la luz, y el hijueputa motor de ese carro malparido que iba silenciándose con la distancia…

rrrrrrruuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuummmmmmmm…

Esas son las putas de Las Vegas. Rafael y Jenri, un par de cuarentones bogotanos que se conocen hace treinta años, que vivieron en La Española buena parte de su vida. La Española: barrio de la calle Ochenta, nor-occidente bogotano. Que rumbeaban en Abbot & Costello en Chapinero entre La Caracas y La Trece, que tocaban rock en las Domo. El Rafa fue dueño del bar Woodstock en La 64, casi con Séptima, donde estaba ese famoso amanecedero de putas y malandros que se llamaba Música Maestro.
Y con el Jenri creador, este par de putas están conquistando Las Vegas, porque ahí está todo el billete y lo que hacen falta son ideas, ideas decentes. Y ese par de putas hicieron música, contaron historias, balancearon las coincidencias de generación y ciudad, y ese par de putas salvaron ‘mis’ Las Vegas.
Ellos son Las Vegas, y otra vez, con ellos, veo que los edificios ostentosos no hacen las ciudades, es la gente la que le da la personalidad a la urbe.

-A mí de verdad me importa un culo que digan que esta ciudad es loba –dijo Jenri-, o que es una lobería vivir aquí. Porque a mí me importa un culo esa lobería. Claro, uno está aquí y de vez en cuando se mete uno a ver putas. Además las de aquí son lindísimas.

Y Rafa:

-Aquí tenemos este porche. Aquí podemos tocar. En New Jersey yo tenía montada la batería de puro adorno porque no podía tocar. Una vez, el ‘landlord’, un cubano de esos enfermos, entró al apartamento y me dice: ‘Uhhh, chico, que ni se te ocurra tocar esa cosa aquí…’ ‘Tranquilo señor, si eso es solo un adorno’.

En Las Vegas ellos revientan la batería y la guitarra Gruuuuoooom… Y nadie te llama a la policía.
Y después de toda esta retórica y este reconocimiento al ser y a su maravilla, por qué llamar al Rafa y al Jenri ¿¡Putas!? ¿Por qué anunciar con término tan ofensivo a mis salvadores de Las Vegas?
Claro, primero porque es una alegoría a las budzas. Dos, porque como nada es perfecto, estos dos manes tienen en su porche, en el garaje ese que es un templo a la bohemia, tienen un altar al Santafé (¡!) Al equipo rojo. Al segundo equipo de fútbol de Bogotá. Un altar al Santafé en Las Vegas. Qué tal. ¡Y que viva Millonarios Putas cabronas!

NOTA AL PIE: Millonarios y Santafé son dos equipos de fútbol de la capital de Colombia, la cosa es que son como el Boca y el River, como los Mets y los Yankees: una ciudad y dos hinchadas distintas.

7 comentarios:

Anónimo dijo...
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pellizco acrónimo dijo...

Lo malo de estas putas es que tienen el culo peludo y son más feas que un hijoputa, pero son alegres, mejor que las geishas que sirven el te y cuentan chistes verdes pero no se rien.
"Cliente satisfecho"

jenri gonzalez dijo...

"...turista satisfecho trae más turistas".
A Las Vegas llegan anualmente 40 millones de visitantes, pocos tan ilustres como los que han honrado nuestro "templo", millonarios perdidos, pobre gente triste, putas tristes si se quiere, esta es una ciudad triste, donde el que no es turista se jode, por eso cuando uno es local aquí siempre hay que dejar un poquito para la próxima vez, un casino es igual a otro y las putas son putas aquí y en la veintidos, eso no cambiará. A veces me levanto con ganas de ir de fin de semana a Las Vegas y eso es lo que hago, la "strip", algún casino, un par de cervezas en la calle, mirar culos y tetas y ya! irse para la casa después de una faena turística envidiada pero no envidiable, gracias a Dios, en esta Sin City la alegría existe por fuera de la "strip", en los amigos, los viejos y los nuevos, los pérdidos y reencontrados, en un libro, una película o en estas teclas, en la visita de alguien desconocido pero referenciado y en mi guitarra, mi guitarra....

...péguense la rodadita!

oscar dijo...

Putas. lo que se dice putas, no son. Son un par de gocetas. de esas que uno siempre se quiere encontrar porque no cobran; te hacen un buen blow, y no se limpian la boca, por el contrario, se sirven un buen Daniels y lo mezclan con los recuerdos.
Ni las talentosas damas orientales son tan honestas al abrir sus piernas, ellas, cantan, tocan, te cuentan historias, te venden pajaritos de mil colores, y en ocasiones, hasta pagan la cuenta.
Yo conocí ese bar de la 64, Woodstock, el mismo del pajarito sobre las claves de la guitarra, que en la noche tupia a los amigos del metal y las rancheras. El mismo bar, que despertaba la curiosidad de las putas de la esquina.
Caramba, conozco ese par de putas. La que se puso Rafael, y se hacia acompañar de los seres más estraños de la noche. Y la otra, Henry, la mechuda estrella de rock. Heroe de la botella, que se casó y nos dió un par de perritas. El mismo que acompañó mi soledad en los últimos diás de La Española.
Si ese par no viven en Las Vegas, entonces dónde ?

La mosca fly

fil dijo...

Fly esta emocionado por los servicios prestados, se mete hasta con las nuevas generaciones como si tuvieran la culpa de ser los retoños de unas casquivanas pechilambonas, cuidado que perro no come perro...
lo fi

oscar dijo...

El témino "perritas" es escogido cariñosamente por los progenitores, si mal no recuerdo.

Anónimo dijo...

Casquivanas, pechilambonas?
...busté lo será oyó!? que a una le toca jodese pa'mamalo, con cólico, con mechoniada, las rodillitas como las de un nazareno y un borracho diciéndole "mi amor", si somos putas es por la nesesida, no porque nos guste andar con la garganta llena de pelos de cliente.


Dos-quebradas

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