
Es curioso que estas cuestionadas fuerzas políticas, aliadas de Palacio, sean las ganadoras en lugares como el Choco, Amazonas, o el Meta. Parece que se han ido a ganar muy lejos o que les gusta mucho el verde. Por eso resulta razonable que el pataleo del ejecutivo sea contra los candidatos de las capitales y que no le interese debatir con el candidato a la alcaldía de Quibdo o Mitú, ¿para qué?, eso ya está ganado y vendido. Del lado de los partidos tradicionales la cosa no está mejor, se trata de los mismos nombres, participes en miles de escándalos, cientos de juicios y absoluciones. Son la misma cochambre descarada, sin disfraz alguno.
Es cierto que hay algo nuevo en la política colombiana y es una lección aprendida de otros movimientos civiles. Cualquier hijo de su casa puede armar un partido político, ensombrecer sus compromisos con el poder de turno y reflotar en las aguas de la democracia. La fragmentación en ‘distintos’ grupos o partidos es una estrategia de supervivencia política de un poder unificador y totalitario que es capaz de articular sus fragmentos para conservar su hegemonía. No es extraño que alguno de los cortesanos de palacio llamara ‘inteligencia superior’ a esta especie de capacidad de generar ‘replicantes’ que vayan a las zonas más lejanas y conflictivas del país a mantener su próspero negocio, mientras en la capital la ‘inteligencia’ se tira cuatro pedos para que el Times los interprete como una parrafada de finas abstracciones.
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