24/3/14

LA “PISTOLA HUMEANTE” DE LA LEY


Et tu, Brute? (Julius Caesar, 3.1.77)
La destitución del alcalde electo por el voto popular, que representa la soberanía de los bogotanos que le han elegido, ha desatado una epidemia de aliviados suspiros, así como una enfebrecida ovación, en pie, hacia la última instancia de la administración pública en este caso: el presidente. El delfín en cuestión, reconocido jugador de póker en la Universidad de Texas, decidió que la Corte Interamericana de  Derechos Humanos no puede, ni debe, defender la inviolabilidad de los derechos políticos de un cargo electo. Por millonésima vez Colombia es un territorio de excepción en el que los derechos fundamentales los oculta la nube que deja una pistola humeante. 
Durante estas semanas hemos asistido a la postergada última cena de una, más que, previsible “ejecución política”, inducida por un arma constitucional y ejecutada por un “verdugo” de la administración pública, el procurador general: elegido entre una terna de candidatos propuestos por un pacto de intereses entre el ejecutivo y el legislativo. Hasta ahora ninguno de los funcionarios que había desempeñado este cargo tuvo a bien usar el poder del que disponía, según la ley. Por esto, nadie se había dado cuenta de la “enorme pistola” que guardaba la cartera del ministerio público. El “asesinato político” es una figura histórica que solía administrarse con armas de época, quizá Bruto sea su arquetipo, así como lo fue la guillotina, el destierro y después los “sicarios” que por encargo eliminaban a incomodos líderes que habían contrariado una oscura voluntad, celosa de guardar el imperio de sus principios, cuales quieran sean estos. Quien no recuerda a Lincoln, aquel que organizó una “compra” de votos suficiente para firmar en el congreso la abolición de la esclavitud. En Colombia (y en Latinoamérica) este listado llenaría una biblioteca de guías telefónicas, por eso en algunos países no podría haber un monumento al “soldado desconocido” sino a “un ocurrente ciudadano” que miró a su amigo y le dijo “¿y tú Bruto?”. Sorprende que cualquier opinador -de buen juicio- diga que Petro, el “cadáver político” en cuestión, exagera cuando se compara con personalidades como Gaitán que si fue asesinado en plena calle. En cierto modo, ambos han sido blanco de un “asesinato político”, el primero hecho con una pistola administrativa y el segundo con un arma convencional. Todos acusan a Petro de sobrepasar sus competencias, de “fajarse” con copartidarios, enemigos y no tan amigos, de provocar inestabilidad, de contrariar el orden constitucional. Estos son los mismos que no vieron el “pistolón” del procurador y que se olvidan que la reelección en Colombia fue aprobada de manera ilegal, que el 30% del congreso ha tenido nexos con grupos criminales, que la corrupción administra las arcas públicas, o que la compra de votos gana curules y solios presidenciales. La pregunta que se le ocurre a otro cualquiera con algo más de juicio es ¿Dónde está aquel superpoderoso ministerio público, único capaz de controlar estos desmadres de la cosa pública? En medio de esta sospechosa unanimidad a nadie se le ocurre admitir como legítima trasescena de estos hechos la inviolabilidad de los derechos políticos, sobre todo de un cargo electo por votación. En teoría por encima de la sanción administrativa está el poder judicial quien decide, después de un proceso penal, si hay pruebas suficientes de un delito cuya pena -en algunos casos- sea la enajenación de los derechos políticos. El recurso de Petro a la CIDH no es un capricho para radicales de izquierda, sino un llamado de atención respecto de un derecho fundamental: las sanciones administrativas no conllevan necesariamente la “muerte política” de un cargo electo y en ejercicio de sus funciones. Se requiere algo más y no puede delegarse indagación-proceso probatorio-juicio-más-sentencia-con-recochineo-a-la-grada en una misma figura de la administración elegida -a capricho- por los pactos, de mutuo beneficio, entre los partidos en el gobierno. 

La misma unanimidad nos dice que esta “muerte política” ocurre por el bien del país. De algún modo, la opinión nacional tiene que justificar esta “muerte” como un foco de ignorado, aunque prometido, bienestar: por el bien de la paz, por el bien de la constitución, por el bien del transporte público, por el bien de los bogotanos, por el bien de todos, por el bien de estos o aquellos, por no molestar a la ultraderecha, por no alborotar el avispero, por no jorobar la marrana, por no dejar de joder…

30/12/13

Respuesta a nuestros inquietos lectores

Y en cuanto a Hipaso, nuestras fuentes dicen que cuando él estuvo entre los pitagóricos pereció en el mar después de mostrarse impío, a causa de ser el primero en divulgar -por escrito- que la esfera podía construirse a partir de doce pentágonos. Ganó su reputación por descubrirlo, aunque tal descubrimiento era de Pitágoras, o “ese hombre” tal como se referían a él, porque no lo llamaban por su nombre. Jámblico.
Estimado Amigo,
El objetivo del post (26/12/13) es indicar no solo un “mal uso de una leyenda”, sino el acto de citar como hechos históricos lo que jamás ha ocurrido y que por lo tanto es falso. Decir que Pitágoras es el “asesino, a sangre fría, de uno de sus discípulos” no es un hecho histórico y ni siquiera está descrito como tal en la leyenda.
Apelo a su buen sentido para preguntarle ¿Es necesario usar hechos históricos falsos, presentados como ciertos y atribuirlos a un personaje X, para sustentar una opinión acerca de un “genio” artístico? El post solo busca una corrección, porque es muy triste leer en un diario de circulación nacional –y en su edición digital- que una columnista con educación superior (la que muy pocos pueden pagarse en Colombia), y además profesor universitario, pueda soltar la perla  -“Pitágoras asesinó a sangre fría…”- sin que sus editores o sus lectores le pidan una rectificación. 
¿Usted se atrevería a afirmar que es legítimo citar hechos falsos para sustentar una interpretación? ¿Daría usted credibilidad a una opinión que por sí misma parece fiable, pero que se hunde después en la diletancia de un tal “Pitágoras asesino”? Me da vergüenza ajena que esto sea publicado en un periódico colombiano, ya que la mayoría de los lectores no están en capacidad de rebatir esta falsedad (lea por encima las opiniones al artículo). Sin embargo, usted que por su profesión estaría en capacidad de hacerlo acepta -con un dejo de condescendencia- que se invente la historia a favor de la defensa del folklore regional.
Sin duda separar el legado artístico de la biografía y del juicio moral sobre ella, en mi opinión, es válido, pero ¿Diomedes realmente necesita una tropa de personajes históricos, muy lejanos en el tiempo, que le ayuden a defender ese legado? Se me ocurre que otros personajes del Jazz, del Blues o de la Salsa, serían mejores ejemplos. En el caso de los personajes citados no solo está fuera de lugar Pitágoras por la falsedad de los hechos citados. A continuación me detengo en otros:
-El antisemitismo y el nacionalismo de Wagner no es lo que ha condenado a su música, lo ha hecho que el nacionalsocialismo haya usado el festival de ópera de Bayreuth como emblema de un régimen cuyas actividades conocemos de sobra. Sería más adecuado citar el esfuerzo de Barenboim por romper con el tabú-Wagner en Israel, interpretándolo junto a una orquesta de judíos, palestinos y cristianos. No obstante, en este caso no es la vida del compositor la que está en cuestión, lo que es reprochable es el uso que su obra sufrió y esto no puede condenarla al olvido ¿Puede ver la imprecisión con la que fue usado el ejemplo Wagner en el artículo del que hablamos?
-El Freud que usó cocaína no puede compararse con los cocainómanos de nuestra época. La cocaína no era propiamente el mayor problema del médico vienes. Las diferencias socioculturales entre aquella época y la nuestra hacen que este sea un muy mal ejemplo. Supongo que no tengo porque abundar en comparaciones, aunque si usted me las pide se las daré.
En conclusión, si a usted le parece que “GAZAPOS” enormes como “Pitágoras asesino”, más las imprecisiones citadas, caben en un artículo de opinión, pues lo que defiende suena medianamente plausible y está de acuerdo con el sentir del pueblo colombiano. Honestamente, mis pellizcos poco o nada pueden hacer por usted. 
Un saludo y feliz año.

26/12/13

Diomedes “el artista” vs. Pitágoras “el asesino” (o la fe de ratas nacional)


He leído con verdadero interés los argumentos de la opinadora Catalina Ruiz-Navarro (http://www.elespectador.com/opinion/diomedes-columna-465983) a favor de la separación entre moral y estética. Sus pirotécnicas ideas buscan forzar una apología del Cacique de la Junta en la que no se juzgue el legado vallenato con la crónica roja. No se le ocurre otra manera de hacerlo que citar algunos ejemplos históricos equiparables al invaluable legado cultural que nos dejó la voz de aquel niño que cantaba el precio de la leche en el mercado. Nos propone la buena de Cata algunos casos en los que el descaro no perjudica la admiración: un médico vienes cuyos experimentos con la cocaína fueron repetidos por Huxley con el LSD o Sartre con la Mezcalina, un profesor alemán con resentimientos enfermizos que aprovechó su rectorado para patear algunos culos tan académicos como el suyo, o un endeudado compositor de óperas maratonianas que criticó, en el lejano siglo XIX, los experimentos con animales. 
Su más atrevido y rebuscado ejemplo es el de Pitágoras, quien poseído por una ira gélida de matemático -tipo el unabomber- fue capaz de asesinar a su discípulo Hipaso por chismoso. La reconocida editorialista, experta en el carnaval de Barranquilla, licenciada por las más prestigiosas universidades del altiplano en inverosímiles materias literarias que la mayoría de los ciudadanos ignoramos, podría por lo menos obsequiarnos una "fe de ratas", ya que el parangón entre el matemático y el folklorista tiene serios fallos históricos. Hipaso vivió por lo menos -aunque no se sabe con exactitud- un siglo después de Pitágoras, así que es imposible que él asesinara: 

(...) fríamente a su discípulo (...) por andar regando el chisme de que hay números irracionales (v2), dinamitando así la perfecta cosmogonía que proponía su maestro. 

La "leyenda" (porque no es otra cosa) dice que Hipaso fue arrojado al mar por rivalidades entre los "pitagóricos" y no por propagar un "chisme".  Aquel matemático divulgó una demostración acerca de cómo se construye una esfera con doce pentágonos (o dodecaedro), lo que es algo menos que un “chisme”, pues se trata de una compleja demostración en la que se usan magnitudes inconmensurables o números irracionales (nada tienen que ver con el símbolo v2). Los "pitágoricos" fueron reconocidos en la antigüedad como "científicos" y "estudiosos de la naturaleza", una denominación tardía inventada por Jámblico para llamar al grupo que preservó el legado de la música de las esferas. Sin embargo, este grupo no era homogéneo y el mismo Aristóteles citó la diferencia que existía entre "matemáticos" (literalmente “quienes aprenden” el porqué de las cosas) y "acusmáticos" (quienes conocen por los hechos). Estas dos facciones no se reconocían como los verdaderos sucesores del maestro, el mismo Hipaso decía que los "matemáticos" eran los herederos de la pragmateia pitagórica basada en la demostración y el aprendizaje de los primeros principios: los números. Así que el término "cosmogonía" (el orden natural explicado por los dioses) sobra en el artículo, porque los pitagóricos no defendían nada semejante, aunque si una cosmología (el orden natural según principios) basada en la naturaleza trascendente del número y su representación geométrica, astronómica o musical. 
II
El recurso a la supuesta “veracidad” de los personajes históricos, con el propósito de condimentar un par de opiniones generales, hace que el “artista del pueblo” acabe por sustituir al matemático de “sangre fría”. Por detrás de él en fila india siguen el vienes, el músico y el filósofo. Sin mediar palabra estos se convierten en los criterios para dirimir un asunto tan regional y anodino que la presencia de la historia es una horma demasiado estrecha para las conclusiones “políticamente correctas”. Los artistas del pueblo por más “inmorales” que sean siguen siendo, cogidos con guantes quirúrgicos, patrimonio cultural de la nación. Así la causa de la santidad cultural queda dirimida y nos es posible saber que los desórdenes de conducta -gracias a la casuística azarosa del pasado- pueden separarse de los juicios estéticos, a pesar de que nuestro honorable grupo de personajes históricos no reclamen ningún tipo de juicio ¿Podrán nuestros prosistas y opinadores dejar en paz la historia e interpretar los hechos de nuestro folklore regional como lo que son, más allá de intentar convertirlos en la “medida” de la historia universal? ¿Dejaremos algún día de pensar que Escobar no se puede comparar con Hitler o que Diomedes no tiene nada que ver con Pitágoras?

17/8/12

PELANDO LA CEBOLLA: INSTRUCCIONES PARA LLORAR AL PADRE DE NUESTROS TRISTES TRÓPICOS


Günter peló cebollas y antes lo hizo Benedicto. Los propietarios de BMW, Mercedes y Volkswagen también lo hicieron en documentales y detallados estudios académicos con fotos de familia en el Nido del Águila. En Alemania es una costumbre pelar cebollas, hace tiempo es normal decir “fuimos nazis, estas son las circunstancias, juzguen ustedes”. 
Hace unos meses los prosélitos del padre de la antropología de inmersión -en las comunidades indígenas colombianas- lloran el pasado desconocido, y siempre sospechado, del primero al que se le ocurrió el disparate de escuchar mamos, chamanes y transcribir como un corpus mitológico los relatos que ellos contaban, escenificaban o le transmitían en algún ritual. El amanuense del ombligo del mundo fue nazi. La intelligentsia criolla gimotea pelando la cebolla; rasgados los pupitres andinos descansan en el basurero. Este curso habrá que cambiarlos.
Lucas se les adelantó con desparpajo a estas plañideras y presentó un espejo en el que se puede entrever la vaga imagen del exnazi, o del posible nacionalsocialista. En realidad, nadie sabe de quién estamos hablando. Resulta que Don Laureano Gómez introdujo en Colombia la crítica estética nazi en extensos ensayos en los que condenaba la degeneración en el Arte, lo que explica el atraso y la nula aparición de las vanguardias en el país. Este es apenas un fragmento del espejo roto de la simpatía de políticos, curas y aristócratas de finca, por el totalitarismo hitleriano. Los ejemplos de emigrados con sospechoso pasado, carnet del partido y el brazo derecho levantado de cara al sol, suelen circular en algunos corrillos de la historia nacional. Sin embargo, el nazi es otro, es el rubio que habla con los indios.
Algunos afirman “un nazi no puede ser indigenista”. Argumento trivial. El antisemitismo condujo al multiculturalismo subyacente de la academia alemana a la búsqueda de los vestigios de la difusión de una primigenia articulación mítica y cultural anterior al relato judío, la cual sería representada por el régimen en cuestión.  Nuestros indígenas serían uno de estos vestigios. Los nazis agruparon adeptos alrededor de su antisemitismo y anticomunismo. Las colonias hispánicas, mudos testigos de la diáspora, y sus católicas majestades prescidieron de banqueros, ligas de artesanos, y contables judíos, porque América proporcionaba todo el oro con la que una triunfante religión consiguió medrar. El Cristo doloroso de Monserrate es la viva imagen de un crimen cometido por…en tierra de antisemitas el nazi es rey.
Los prosélitos del triste trópico no se lo pueden creer, están en la etapa de la negación y pronto saltarán a la siguiente: el silencio compungido. A ellos les recomiendo estudiar la máxima política que ahora recorre el país: colombia está derechizada. Si vamos hacia atrás hubo un tiempo en que  el país fue parasitado por el totalitarismo hitleriano en la estampa de uno de sus más endiablados estadistas que comandaba una salvaje recua de "pájaros" (paramilitares, en jerga periodística). Si alguien resiste pelar la cebolla, adelante. Aunque estoy de acuerdo con los célebres opinadores patrios:  Colombia no es Alemania.

27/5/12

El exorcismo de la historia (o el publirreportaje de la amnesia)


  
“Es cierto que uno no debe alegrarse con la muerte de nadie, pero ese cuerpo abatido del mal, esa barriga al aire con una pistola en la mano, ese cadáver al fin incapaz de maquinar asesinatos, secuestros y actos terroristas, no nos entristeció”. Héctor Abad
Empieza el prosista antioqueño citando a medias a Hanna Arendt con el fin de justificar su catecismo de exorcista: el mal suele encarnarse en personas tan comunes, a veces tan amables y excéntricas como cualquier hijo de vecino, por eso consiguen engañarnos con superficiales actos de bondad y cotidiana simpatía. Según el escritor, envanecido por reflexiones ajenas, mal regurgitadas, hay personajes en la historia que encarnan el mal y punto, sin ambages, como Adolf Hitler y Pablo Escobar ¡Sí señor! no tiene vergüenza alguna Héctor y mete a los dos en el mismo costal (con otros especímenes, por si acaso).  Los lectores de la discípula del polémico maestro, vagabundo de la Selva Negra, echan algo en falta en este recurso. Por supuesto, lo que dijo Arendt (pp. 128-31) no tiene nada que ver con el supino tijeretazo del paisita. La cita completa diría más o menos: personajes históricos -como Hitler- encarnan la posibilidad del mal en cualquiera de nosotros, así que corresponde juzgar en cada uno de los casos de dónde proviene esta terrible posibilidad tanto individual como colectiva. Arendt indaga por la responsabilidad conjunta de la irrupción del mal, latente, como un espectro de naturaleza ambigua en la historia humana (v.g. el mal convertido en un “daño colateral” por el sistema totalitario nazi). La respuesta del escritor a este arduo trabajo es un simple: “que hubiera pasado si…” alguna encarnación del mal no hubiera ocurrido. De nuevo se apoya en las ideas ajenas de un historiador (c. 4) que, investigando el por qué de las guerras, ve en el caso de Hitler un ejemplo del impulso nacional y social que este tipo de acontecimientos cobran en un mismo individuo. Al contrario, Abad lo cita fuera de lugar con justificada candidez: si a Hitler le hubieran matado en la Gran Guerra no hubiera ocurrido otra segunda. Para luego huirse con esta gran conclusión: si a Pablo Escobar lo hubiera matado la desnutrición, o una diarrea, Luís Carlos Galán se habría inventado la reelección. Por suerte -para nosotros- hubo un día en que el exorcismo fue consumado y el mal dejó su empaque corporal para enaltecer el fervor nacional en la innata bondad patria, ya que tal “demonio” no volvería a pisar nuestra noble tierrita. Sin embargo, el exorcismo llegó demasiado tarde y sólo nos quedó la satisfacción de la “barriga pelada” al aire, inanimada y yerta. Podemos entender que el intelecto de Abad se agote en el publirreportaje de telenovelas y que deba ajustarse al molde: pintar a buenos y malos, explicar qué hacen los malos y por qué lo son tanto, señalar a las tristes víctimas entre el bando de los buenos, y anticipar el final feliz. El paisita cumple con sus compromisos comerciales a pie juntillas, se ha ganado los pesitos, no cabe duda. Además lo hace con filigranas intelectuales, críticas inverosímiles de ideas que ignora por completo y nos ofrece un sancochillo de su propia cosecha para reír con desenfado y despotricar con gusto sobre las provincianas limitaciones de uno más de los exorcistas del “Patrón” (y de paso, de nuestra fatídica historia).
II
Seguir las ideas de Arendt, con rigor, sin mezquindad, significaría aceptar que las “encarnaciones” individuales del mal son bienvenidas por un regocijo colectivo; silente en las circunstancias nacionales. No se trata de un Pablo Escobar "héroe popular", no hablo de ese recibimiento, quiero señalar la recepción que las élites políticas, judiciales y policiales dieron a este magnífico “espíritu del mal”. De lo contrario el 99% de sus -ahora telenovelizadas- fechorías no gozarían de la impunidad que las acorrala en el doloroso curso de nuestra historia. El “exorcismo” de Medellín no fue el desenmascaramiento del “espíritu del mal”, sino una cruel forma de ocultar la enquistada participación de las élites nacionales en el entusiasmo que rodeó al congresista, al hombre de negocios, al empresario deportivo, al hombre público, partícipe del poder que gobernaba el (doña) rumbo patrio.  En aquellos días, hace tan solo 30 años, las élites del país optaron racional, y emocionalmente, por el carácter “narco” de la nación como único medio de conservar el poder. Hasta los purpurados sacaron tajada. Abad no cita las investigaciones de Coronell acerca de los negocios entre la familia propietaria del Ubérrimo y el “Patrón”, tampoco el gorila que hamacó sus perezas en la constitución del 91, ni la conspiración liberal que puso a Gaviria en el poder y que luego cambió de “encarnación del mal” como si nada. Este publirreportaje de la amnesia ignora que el unicornio, los hipopótamos y demás fieras del bestiario de Escobar se saltaron por décadas todos los controles de un Estado democrático. El mal requiere un consentimiento y el Patrón tuvo el asentimiento del país político y económico. Sin embargo, nuestro prosista antioqueño dice que es hora de enfrentarse a la “encarnación del mal”; le invito a que contemple una de esas reencarnaciones en alguno de los tantos espejos que decoran su estupendo apartamento en el valle del Aburrá.

9/5/12

Huyendo de las putas y con suerte del puto país en el que nació

"En Mediocristán (1), me resulta doloroso reconocer, abundan los idiotas convencidos de que viven en otro país, cuando no en otro planeta (...) El Pasado es el país del que nunca te has ido, el país en el que siempre estás de vuelta.", Luis Noriega
Si de algo ha servido la diáspora colombiana de los noventa es para consolidar una elegíaca repetición de algunos recursos literarios, mil veces deglutidos, y a veces abusados por otras sagas de escritores. Los prosistas criollos han descubierto las recetas para acumular líneas en un papel dictadas por el mercado editorial anglosajón, ahora popularizadas por los editores peninsulares. Por ejemplo, la reconstrucción individual de hechos documentados por la prensa y el obvio malestar colectivo;  la reconstrucción histórica, o metatextual, de hechos que todo el mundo ignora (véase el bicentenario o la vida de Cuervo); y la reflexión autocomplaciente matizada con sabiduría literario-filosófica de las anodinas desventuras del outsider -en este caso un expatriado latinoamericano-, enterrado en un fondo sin fondo aunque satisfecho y follador.
Este asuntillo viene del peruanito Romaña o de los porteñitos melancólicos fumando soledad en una buhardilla del barrio latino. Aquellos personajes ya protagonizaron los necesarios reencuentros con la parentela de la tierrita y sus disparatadas exigencias locales, las medianías de la patria por las que la historia y la inteligencia han pasado de largo, así como los estereotipos burlones de los compatriotas vistos por un desarraigado (colombianito en este caso) que sabe hilvanar tres frases consecutivas con dos whiskies en la cabeza. He leído uno de esos artefactos literarios y he disfrutado mucho con todas esas formulitas “precocidas” por la teoría literaria, fruto de una lectura selectiva de Borges, Bellow, Roth, Foster Wallace, o Proust, adobadas por los dañinos protocolos de Granta y New Yorker. Con este cóctel inyectado a vena los escritores de la diáspora pretenden reivindicar nuestra escasa sensibilidad literaria, la poca que se ha salvado del consumo masivo de los productos digitales que obnubilan nuestra imaginación. 
La historia que leí, destripada en 52 apartados, microcapítulos, acápites, o lo que sean, trata de un personaje de mediana edad al que le sorprende el derrotero biológico de la reproducción, ese que ve en el paso de las generaciones un cómodo sin sentido al que a veces llama “certeza”, otras “fracaso”, a veces “onania”. El personaje en cuestión tiene que volver a la “ciudad bonita” en la que creció, después de años de ausencia y las tácitas exigencias de una vida adulta que no llega…forever young y tal. Su entorno está encabezado -como no- por una mujer, Carmen, que la chupa y ejerce una extorsión reproductiva con esta muestra de cariño. Siguen el padre con una novieta de 30 años y un recién nacido en casa, una madre…como son todas las madres; y los compañeros de PROM, una escena muy facebook, típica de otras novelas y de películas muy vistas. Igual nos pica la curiosidad y queremos saber cuáles son los muertos que habitan aquel cementerio de recuerdos. El esquema de capitulillos numerados, lo que también podría ser una secuencia con separaciones a doble espacio o con divisiones estrelladas tipo ********, es:

1-14. El sin sentido de la sucesión generacional y sus esfuerzos inútiles por levantar la cabeza.
14-21. De hijos ajenos y condones propios.
22. Abortada reflexión sobre la mierda y la moneda, así como el velado imperativo biológico que todos los días nos lleva al baño.
23-37. La vuelta a casa…
38-40. Las putas y la huida.
41-43 El incidente.
44. Parábola: nadie escapa del imperativo biológico de la reproducción o cómo el individuo pasa de manada en manada. No hay escapatoria.
45-50. Las generaciones dialogan a lo sordo.
51-52. El capullo bucea desnudo.

Debo reconocer que a partir del acápite 27 encendí el lector automático. Un método para detenerme en los pasajes más interesantes como las simpatías del autor por el culo de Carmen, la escasa libido que muestra ante su cuerpo acariciado por el sol bumangues, el recurso a Messi y al bueno de Joan Gaspar, que no ganó una sola copa con Rivaldo y los 40 goles que metía por temporada, y otros de esos detalles trascendentales en la narración.
El capitulillo 48 es lo único que vale la pena de este cuento, destripado en 52 apartes: las putas. Haber empezado por ahí. Servido de un epílogo de Flaubert, el autor nos quiere insinuar que las putas meten miedo, obligando a su tierno escepticismo a refugiarse en un Hot Dog, una vulgar salchicha. No creo en los signos fálicos, ni en la proyección del deseo y otras majaderías. Freud es un cosmólogo, así que los órganos y los sueños son sólo la representación de unas cuantas fuerzas elementales. Paro aquí y sigo con la huída de las putas.
Nuestro personaje huye de las putas como de su paisito y de los chantajes bucales de Carmen. Colombia es un burdel y por lo tanto el autor nos revela la crudísima, aunque metafórica, realidad: somos los hijos de las trabajadoras sexuales que desempeñan sus funciones en él.  Esto no encaja con el temor a la reproducción, porque en los Burdeles salvo accidentes no se va a procrear. Esto lo resuelve Carmen que pide una inseminación abundante fuera de sus labios y que al final debe conformarse con el impase que el desarraigado nos describe así: Doña Polla está buceando sin traje de neopreno.
¿52 lo que sean para terminar en esta frase? Por una cábala o aritmética que nos es desconocida el autor nos ofrece un chascarrillo de surfista digno de toda la teoría que la academia le metió por donde pudo, o ¿será la ambición de sobresalir entre los dedos de Granta? Quizá es la licencia que empezó con el escritor de la Pantera Rosa y la masturbación de Batman, una obra indispensable de la literatura colombiana actual. El caso es que como dice el bueno de Vargas Llosa en un libro trop marxista: hasta la literatura tiene que dar espectáculo, incluido él. 
El violinista de Tolstoi, la familia de comerciantes de Mann, el médico de Chejov, las heroínas de Turgueniev, el gato de Bulgakov, el perezoso de Goncharov, la Condesa de Guermantes, Shylock...estos personajes bellos en su contradicción, ligeros en su sabiduría, desaprensivos en sus actos nos aburren en el siglo XXI; en contra de lo que dice Bloom. Ahora viene el colombianito outsider que se preocupa por decir polla, joder y coche, el escritor que habla sin vergüenzas del Barça, comedia americana y otras pelotudeces que se cruzan por el televisor. Alguien que contemporiza para desaburrir con su parrafada en serie numérica y unas cuantas -¡muchas!- pajas generacionales.
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1.  Mediocristán es una visión del mundo sin excepciones, impermeable a lo singular, con variaciones estadísticas aparentemente estables. Un experimento mental propuesto en "El cisne negro: el impacto de lo altamente improbable" escrito por Nassim Nicholas Taleb. Este libro expone con diversos ejemplos cómo se subestiman los efectos de un evento particular que "en apariencia" no afecta al conjunto de los hechos y desenmascara la falacia de lo previsible. La categoría opuesta es "extremistán" en el que cualquier hecho singular impacta al conjunto, lo que es susceptible de identificarse con nuestro entorno: tiranía de lo accidental y lo azaroso, primacía de lo singular, emergencia de radicales como ganadores y perdedores. Estas dos categorías sirven para mostrar y transformar en palabras de Taleb: "El hiperconservadurismo frente a las cosas que no entendemos y que no podemos predecir. Por ejemplo, el medio ambiente. No creo que Al Gore pueda entender un sistema tan complejo y anunciar qué va a pasar con el planeta, pero sí creo que deberíamos reducir la cantidad de autos y dejar al planeta lo más tranquilo posible. Ante la duda, hay que hacer lo mismo que la humanidad ha estado haciendo desde siempre: hasta las manadas de elefantes siempre llevan consigo a un elefante viejo, porque pueden recordar. Y, por otro lado, ser hiperescépticos. La mayor parte del pensamiento, en particular desde el Iluminismo, se ha enfocado en cómo transformar conocimiento en decisiones. A mí me interesa cómo transformar la falta de conocimiento, la falta de comprensión, en decisiones".
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