4/11/11

Los turistas del cambio global

“Me rehúso a ser desesperado. Yo soy indignado, pero no desesperado. No vivo sin mañana. La desesperación es la explotación indebida del hoy.” Paulo Freire

I

En una radio local entrevistaron a un colombiano que decidió ir a Nueva York para conocer en persona el movimiento Occupy Wall Street. A los periodistas les pareció insólito y muy gracioso encontrar a un ciudadano de su país en medio de la protesta (¿…?). Entre unas cuantas risas dieron paso al reportaje. El turista sintió que no había perdido su largo viaje desde Philadelphia, porque en la plaza no había vagabundos, ni borrachos sino personas que, como él mismo constató, tenían un trabajo y un cierto nivel educativo. A la pregunta acerca de los propósitos de este movimiento el turista respondió “soy pragmático”, a lo que siguió una escueta declaración de escepticismo.

Es posible que este no fuera el único turista en OWS. Creo que durante el 15-O todos fuimos un poco turistas. Hemos ignorado el movimiento que pide la transformación global del modelo político y económico como si fuera un gran desfile, de motivos desconocidos, en un país extraño; aunque las instantáneas digitales circulan por nuestra memoria. A pesar de que casi todas las grandes capitales tuvieron una marcha o alguna concentración, no hubo mayor información sobre las ciudades latinoamericanas y no sabemos casi nada sobre Europa del este o Asia. Tampoco hemos tenido noticia de las reacciones a este movimiento en lugares en que un conflicto, la represión política o la pobreza extrema lo hacen casi imposible.

Como el turista de OWS, la gran mayoría se inventa un significado para la expresión “cambio global”. La identificación escueta de este movimiento con la primavera árabe, el 15 de mayo o en general los “indignados”, es un estereotipo que oculta la realidad local de cada uno de estos grupos. Al día de hoy sólo recibimos una información parcial y pintoresca de las protestas. Las cámaras se preocupan por los enfrentamientos con la policía, los desalojos de ocupas, el aspecto extraño de los manifestantes. Mientras algunos académicos dan la bienvenida a la protesta, porque expresa las frustraciones de una sociedad en la que impera la apatía y el conformismo.

La espontánea indignación ha llenado al globo de puntos rojos en los que podemos marcar el lugar en el que hay una asamblea o una marcha. Así que como cualquier viajero podemos preparar nuestro equipaje y hacer un poco de turismo ideológico, lo que nos permite transitar por las ansias de revolución y salir indemnes de la visita sin correr perseguidos por una carga policial, ni mancharnos apenas. Al contrario que Mr. Jones sabemos que algo está pasando, pero la gran oferta de ocio digital o cualquier otra distracción nos impide concentrarnos en la tarea de comprender el signo de los tiempos: un malestar que toca a la puerta de nuestra abulia con insistencia.

II

“Quien verdaderamente vive, no puede dejar de ser ciudadano y partisano. La indiferencia y la abulia son parasitismo, son bellaquería, no vida. Por eso odio a los indiferentes.” Antonio Gramsci

Otro turista del cambio global decidió escribir un artículo que explicara al resto de turistas el por qué en Colombia nadie se indignaba. Escrito en la jerga de un analista de marketing, el artículo nos dice que el país no sufrió el efecto-contagio (¿…?) de la indignación porque la crisis financiera global apenas se sintió en el mercado bursátil local; que además es muy pequeño. Las dolorosas fracturas de la especulación financiera no fueron percibidas por los modestos bolsillos de los ciudadanos, de tal forma que no tenían motivo alguno para salir a la calle o acampar frente al Banco de la Republica. En resumen, el motivo de la indignación tiene que ver con la pérdida de algún bien en los vaivenes del mercado financiero y en caso de que usted, amigo turista, no haya invertido en bonos envenenados por las hipotecas subprime puede estar tranquilo, no tiene porque indignarse.

La pavorosa conclusión está precedida por una breve introducción a los valores que en el mercado bursátil local han dado generosos dividendos a sus propietarios, lo que en teoría nos animaría más a invertir que a contagiar de indignación a nuestros vecinos. Esos valores son de las empresas que conforman las “locomotoras” económicas del país: el petróleo, el carbón, el oro e industrias tan prósperas como el cultivo de la palma africana.

El experto turista no dice en manos de quién están esas empresas, no explica cómo se distribuyen sus beneficios y tampoco cita el impacto ambiental de sus explotaciones. La respuesta nos ayudaría -como turistas que somos del cambio global- a comprender mejor por qué en OWS o en el 15-M no hay agentes de bolsa en horas bajas o vagabundos que duermen al pedo. Las empresas del brevísimo mercado bursátil colombiano pertenecen al 2% de la población que detenta el 80% de la riqueza del país. Lo más curioso de estas cifras es que en países de la UE y en Estados Unidos el porcentaje de la población que posee la mayoría de los ingresos disminuye cada día un poco más.

La palabra de moda es desigualdad y no indignación, porque los ciudadanos contemplan cómo los políticos que han votado gobiernan sólo para los que tienen más. Se dictan leyes para beneficiar a los pocos que pueden permitirse donar generosas sumas a las campañas de los felices ganadores en las contiendas electorales. Por ejemplo, la inexistente fiscalidad a las operaciones financieras y la desregulación de los mercados que generó la crisis del 2008. Situación que aun no se ha corregido.

El editorial de hoy en el New York Times dice: “Primero los ricos y después el trabajo”, lo que muestra la gran preocupación de los republicanos por beneficiar a las grandes fortunas y olvidarse de la alta tasa de desempleo, así como del cuidado de los servicios públicos. Un billonario alemán se preguntaba por qué los ricos tenían que tocar a la puerta de los gobiernos para solicitar que les cobraran más impuestos y no al contrario. Los políticos hacen más cómoda la vida de unos pocos, cuando son elegidos con los votos de todos.

Una de las cuestiones que más se discutían en la plaza de Sol era por qué el voto en democracia no tiene un valor real. Uno de los argumentos a favor está en los beneficios fiscales de las grandes fortunas y en el castigo social que representan los impuestos al consumo, a la pequeña propiedad y las retenciones sobre los salarios. Estos impuestos los pagan las personas de a píe, mientras la riqueza migra a los paraísos fiscales. Nunca ha sido tan evidente el modo en que la democracia engaña a los votantes. En las democracias del siglo XXI, el voto se ha tornado en un insulto a la ciudadanía, porque con el voto estamos cediendo nuestra soberanía a un partido político que la va a usar para que otros sean cada vez más ricos a costa de nuestro trabajo, nuestros impuestos y los inútiles esfuerzos de nuestra existencia.

Indignarse no es una moda creada por un viejito izquierdoso francés. Tampoco es una invención de un grupo de egipcios hartos de su dictador, ni de un grupo de vagabundos madrileños, ni de una banda de hipsters del village. Se trata de una actitud política que pertenece a cualquier ser humano, a la soberanía de las sociedades que deben elegir quién y cómo se les debe gobernar. A los ciudadanos que buscan crear una presión social sobre la mentira que representa el mundo globalizado para vencer la indiferencia, la apatía, la abulia, la roña que devora nuestra conciencia. No somos turistas de la indignación.

10/10/11

LAS VIEJAS-NUEVAS REVOLUCIONES (15 O)



“Como señuelo, sin embargo, no hay nada comparable a lo que se ha inventado hace varios años con el nombre de democracia. Esta palabra, que en la lengua moderna no implica ninguna forma de gobierno concreto ni ningún principio determinado, tiene la ventaja de prometer, con hábiles sobreentendidos, a las masas que hacen las revoluciones, poder, crédito, dinero y placeres. Evidentemente es un cebo que no tiene parangón.” M. Joly, El Arte de Medrar

La pasión que agita las revoluciones es la envidia. Entre los revolucionarios, la mayoría ha visto lo que puede tener y no tendrá jamás, también están los que han acariciado el engaño como un ideal de futuro y quieren cobrar venganza. La revolución es la oportunidad de exigir para sí mismo, en nombre de los demás, sin que nadie repare en los fines egoístas de la multitudinaria asamblea. El encuentro entre un fofo librepensador y un “hombre de otro planeta”, léase un mil billonario, produce un suspirado y demoledor comentario, audible apenas por la docilidad del invitado, “fue un almuerzo bonito…”. Hace unos días murió un sujeto capaz de vender millones de aparatos que sólo un tercio de la población mundial puede comprar. Sin embargo, es un héroe tecnológico, un visionario de nuestra era, opuesto a Da Vinci pero un genio (¿Qué quiere decir eso?). El resto del planeta lucha por un plato de comida, agua o tan sólo un poco de respeto. Es imposible empaquetar estos bienes en una elegante placa de microchips con energía suficiente para que durante unas cuantas horas nos acompañen a todas partes como “los bienes intangibles que todo ser humano necesita tener a su alcance”: los 1000 amigos más cercanos del feisbú, las 3000 canciones para las 101 posturas del kamasutra y el acceso a un portal de regalitos y comida a domicilio. Los revolucionarios que ahora lo tienen todo proclaman que algo les falta…es aquel lugar que les prometió el orden económico mundial: primero te crees que todo es escaso y muy costoso, después que debes competir educadamente por ello y con el tiempo te das cuenta que la abundancia está detrás de la puerta de un cómodo despacho al que accedes con ciertas medidas de seguridad para quitar el polvo de las fotos familiares del propietario y ganar unos céntimos por la molestia. Hay otras formas de participar de la abundancia, por ejemplo el hipermercado global de la guerra, el contrabando de seres humanos en cualquier estado aprovechable para un laboratorio o para algún misterioso apetito. También están la milenaria industria religiosa, el robo de tierras, la venta de agua embotellada, Pixar, los retrovirales, los psicoactivos y psicotrópicos, los DJs, las manadas de informadores que corren detrás de los revolucionarios o del culpable objeto de sus ideales. Las cátedras del giro postcolonial viven de la esperanza en un orden mundial invertido. Aquella revolución de los pobres y desposeídos que en los márgenes de la metrópoli piden “papeles, papeles, papeles”. Suponen que la explotada inmigración puede darle la vuelta al saqueo colonial de África y América para mirar el mundo desde el sur del norte como el único norte. En esta inversión se echa de menos el objetivo de los inmigrantes que buscan escapar, a toda costa, de una patria corrupta sin reglas, sin futuro. La revolución es necesaria para que todo siga como está. Para que unos acampados -frente a WS o en la plaza X- les muestren a los apáticos o a los muertos de hambre que deambulan por su íntimo valle de lágrimas que todo es inútil, mientras se hurgan las narices y piensan en el próximo tweett que pondrán en la asamblea virtual. Obama es un espejismo, la UE es un club privado, China un mastodonte que pisotea a su pueblo con la ayuda de los consumidores occidentales y que llegará a ser el prestamista global con mayúscula. Toda buena crisis mundial necesita de una buena revolución mundial y aquí estamos nosotros para hacerla…siempre tan dispuestos. ¿Será esta vez o hay que esperar a la próxima crisis? ¿Si sucede en realidad alguien se dará cuenta? Nuestro fofo librepensador seguirá creyendo que los seres de “otros mundos mil billonarios” viven en un paraíso sin humos en el que los puros se fuman al revés por el orto y hay ríos de coñac que les acarician las pelotillas. ¿Resistimos? dice la consigna o ¡Disentimos! Señalaremos a los plusválicos que especulan con los candidez ajena y alquilan el tiempo digital por un kilo de palabrería. DICEN QUE OCTUBRE ES UN BUEN MES PARA REVOLUCIONARSE.

27/7/11

El hipo de los libertadores (la justicia en tiempos postcoloniales)

De la neurosis digestiva, la tisis y el hipo de Bolívar no han quedado pruebas. Los médicos no saben de qué ha muerto, aunque reconocen que los retratos hechos a la figura del pequeño general le hacen justicia a un esqueleto de genética mestiza. Los forenses compensan la falta de certezas con este dejo estético que satisface a la opinión pública; aquella prole anónima que espera algo del bicentenario silencioso de unas carnes evaporadas. Tan efímeros y repetitivos como los hipos de Simón, a reposo en su diminuta cama, se antojan las dignidades de todo lo que lleva en la América meridional el nombre de "institución política". Hablo de todo eso que es votado por un irregular censo electoral lleno de resucitados y turistas, poco después transado por los congratulados elegidos con el beneplácito de unos cuantos hombres de reputación sin documentar.

Por triquiñuelas y alevosías que nos son desconocidas este ferviente tráfico político -que caracteriza a las felices naciones de la era postcolonial- ha sido investigado. Por una vez, quizá la primera después de los primeros hipos del libertador, los fiscales han imputado a los responsables y los jueces han actuado en consecuencia con resultados que llevan una implícita auto-ovación por parte del anhelado delfinazgo que ahora nos gobierna. La corrupción dicen los comunicados oficiales “desaparecerá”, lo que reitera la verde unidad nacional, las leyes, los periódicos y las reporteras de labios acerados.

Es difícil creerse la veracidad de este tipo de eventos en un país que disfruta de una generosa impunidad, en la que los procesos judiciales jamás comienzan, en la que la figura de la justicia ha perdido venda, espada, balanza y vaga desnuda por los pasillos de un frenocomio público.

En la historia reciente del país ningún político ha sido encausado en corruptela alguna. Esta vez, la única vez, le ha tocado a un exministro de agricultura al que se le ofreció antes una embajada en Roma para huir con pasaporte diplomático del desaguisado que sus subalternos pagaban con discreción. El caso es un mito-ancestral en la formación de la sociedad colombiana: la propiedad y la explotación de la tierra. Siempre en tan pocas manos, en señoríos que se pierden en el horizonte y cuya expansión se debe al poder fáctico de los refundados -una y otra vez- ejércitos privados que primero con machetes y mazos, luego con fusiles de asalto y matarifes, iban echando poco a poco a los campesinos que nublaban el paisaje del latifundio familiar.

El reo es un hijo de la elite bilingüe, educado en la piedad religiosa y la universidad norteamericana; una cara inversión que no puede perderse tras las rejas. El avezado economista apoyó con ligereza la autocracia uribista y la repartición de los subsidios públicos -no retornables- a los únicos capaces de gestionar el modelo global de la producción de biocombustibles: los ancestrales señores de la tierra, del agua, del cielo, de la guerra, de las vidas de los campesinos. En un par de años repartió cerca de 17 millones de dólares que en moneda local hacen una dadivosa cifra de nueve ceros, bien puestos a la derecha.

Quizá con el tiempo, o a su enorme pesar, conoceremos la contabilidad de los subsidios a los favorecidos exportadores de biomasa y sus plantaciones de Palm Oil. Las mismas que en Asia reducen la población de orangutanes y la selva tropical, mientras en la nación del “hipo libertador” ocupan las tierras de poblaciones ancestrales de indígenas y afrodescendientes. En este proceso no se habla del crimen estatal que convierte el tesoro público en un recurso privado al servicio de la expulsión de pueblos enteros de sus pequeñas parcelas, arrastrados por el cauce de la violencia hacia la exclusión social. Tampoco trata la financiación de los partidos políticos que simpatizan y acogen a las castas salvajes de propietarios.

Este proceso judicial que, por una y única vez, investiga las redes de corrupción encubre la ancestral violencia de los propietarios de la tierra, beneficiarios y ejecutores de las políticas de desarrollo basadas en la explotación de las materias primas. Sin embargo, esta parte de la red, la más perjudicial y errática, escapa al proceso, igual que la tozudez de los gobernantes que insisten en la explotación económica de los recursos primarios, según los dictados del libre comercio global, sin modelo alguno de equidad social o repartición de la riqueza ¿no son estas las características de un modelo colonial ya olvidado, pero que al día de hoy sólo ha cambiado de administradores? La justicia de las orgullosas naciones postcoloniales es como el hipo de Bolívar que en 1830 parecía un signo de enfermedad del que no se podía decir que causara la muerte.

23/6/11

La reparación poética de los conflictos

I

I hate that drum’s discordant sound,

Parading round, and round, and round;

To me it talks of ravaged plains,

And burning towns, and ruined swains,

And mangled limbs, and dying groans,

And widows’ tears, and orphnas’ moans;

And all that Misery’s hand bestows,

To fill the catalogue of human woes.

John Scott of Amwell

Alberti ya le había declarado la guerra poética a la guerra mucho antes de que un Parlamento diera por cierta su existencia y admitiera con rebuscados debates las consecuencias del dolor, la muerte y el despojo. Tiempo atrás, a Paul Eluard los gases de la Gran Guerra le dejaron un temblor recurrente en las manos; Lord Byron murió por la libertad griega; Chaucer fue capturado en Francia en camino al combate; Donne desembarcó en Cadiz; Lorca fue fusilado por los fascistas; Graves fue dado por muerto en un hospital de campaña; Zweig se suicidó, porque no soportaba las victorias de la Blitzkrieg y el presentimiento de la masacre; no me olvido de María Mercedes y otros más. Ospina dice que todo buen colombiano ha vivido un magnicidio, una guerra y un infierno. Esta afirmación debería cubrir a la mayor parte de la humanidad y a casi todas las épocas de la historia. Es el caso del dios rabioso de un pueblo del desierto, Yahvhe, que ayudaba con fría solvencia a sus ejércitos siglos antes de que “La democracia más antigua de Latinoamérica” inventara el consentimiento parlamentario a la vigencia de la guerra. En aquellos lejanos días la épica del sufrimiento propio y ajeno era la recompensa al sin sentido de la muerte y a las escenas en que los guerreros -o sus familiares- caían despedazados junto a los muros de alguna ciudad que hoy día nos parece inexistente. Los versos grabados en la tumba de Borges cantan las bondades, previas a la refriega, de un campo de batalla. Las antiguas sagas nórdicas y los cantos griegos fueron el modelo caballeresco de la guerra en el que los poetas-soldados y sus víctimas se leían a sí mismos padeciendo a fuerza de espada, o cobardía, la incansable presencia de una rivalidad que sólo podría disolverse con la muerte. Los viejos caballeros-poetas de la guerra murieron en las trincheras de Verdún con el lodo y las ratas saliéndoles por las orejas. Los cantos a la batalla pasaron a manos de las clases trabajadoras de poco griego y casi nada de gaélico. Entre la segunda guerra y Vietnam las ausencias, los abandonos y las condolencias postales del presidente, fueron la letra de un blues, el baile obsceno de Elvis y el aire en la armónica de Dylan. Donde hay guerra, hay poesía, así los Vates patrios consideren que la violencia es la cara exclusiva de la epopeya nacional redactada en una prolija sucesión de versos. En cualquier caso prefiero a los poetas, y sus cantos a los impases de la guerra, que a la jauría de parlamentarios que debaten -con media carcajada- su perspicaz entrega a la indiferencia del conflicto. El olvido es el patrimonio de la política mientras la memoria insiste con el poema. Unos versos de Arquíloco nos recuerdan la desventaja que todavía ocurre entre las víctimas indefensas y los numerosos verdugos.

II

Sabedlo bien vosotros, los que envidiéis mañana

en la calma este soplo de muerte que nos lleva

pisando entre ruinas un fango con rocío de sangre.

Luis Cernuda

El poeta Adrian Mitchell (en el video) convoca a la mentira para hablar de la guerra, porque la horrible verdad le ha pasado por encima. Sabe que algo arde y huele mal -¡es su cerebro!-. Escribe como las bombas caen inconscientes, cómo podría compilarse una enorme guía telefónica con los nombres de los ausentes, y nos pregunta “Where were you at the time of the crime?” Estos versos son la música de fondo para la lectura de Un día maíz, quizá, y con amplio margen, un libro que entra en la tradición poética que carga con las guerras y sus estragos. Los versos de este libro nos atropellan con la verdad que “en los labios de los muertos...es un error más”. Desde las anónimas regiones se enumeran acontecimientos no reconocidos por la justicia oficial y por tanto fuera del alcance de la impunidad. Los “hechos” descritos pasan una y otra vez hasta que son absorbidos por el agujero negro de la capital -Bogotá-: el ombligo de la mentira y el desarraigo nacional. La poeta supera el contenido de cualquier periódico, informe, reportaje o documental sobre las víctimas, porque retorna como todos los versos de guerra a la “repetición” de los que han optado por las duras metáforas de sangre, dolor y muerte. Así como Benjamin Péret comía ratas en Verdún para que le devolvieran la pierna que le habían devorado, "J'ai mangé beaucoup de rats / mais ils ne m'ont pas rendu ma jambe", de un modo semejante los fragmentos de cuerpos deambulan por este libro: “perseguirás por los siglos de los siglos el pedazo de / tu mano izquierda”. Hay algunos motivos de fondo que saltan una y otra vez. El lenguaje de la poesía comprometida de finales de los 70 que nos recuerda la experiencia inmediata de la poeta: “los disparos / son la partitura / del himno nacional”; “Hace falta mucho detergente / cuando mi país hasta en la ropa duele”. El reclamo agnóstico al Casero ausente, el espectro metafísico que todo lo permite y que está para sellar las defunciones: “la risa de una mosca entre el fuego habla / de un Dios que ha venido a bañarse en la sed de / los muertos”. El recurso al microrelato o a las crónicas en verso:

La carta

a tiempo

La niña me miró,

apretó su muñeco

y se desplomó conmigo.

Sorprende un halagador cinismo ante las volubles clasificaciones literarias a las que la narrativa latinoamericana se enfrenta de perfil y con una recelosa disconformidad, no expresada. La poeta nos propone el vacío de una famosa etiqueta o la inutilidad flagrante del cliché literario ante la crudeza de los hechos:

Escucharás en la radio: “la situación está controlada

solo falta desactivar la pentonita que le cargaron al

camión”, y tú serás el camión, y tú serás pentonita

en la explosión. Es el realismo mágico.

Los ejércitos y las máquinas de guerra, como en los poemas de Mallarmé, sirven de circunstancia, soporte escénico o de expresión material del conflicto, los bombardeos, el sonido de los aviones, las carcajadas de los demonios: “Los ejércitos aprenden los pasos de la marcha / fúnebre, pero olvidan el canto que aplastan sus / botas”. Las consecuencias del conflicto es el irregular goteo de ausencias, tal como lo dice Fayad Jamis: “Anoche hablaban de la guerra siempre de la guerra/ cadáveres espuma de eternidad cadáveres”. Esta espuma de eternidad son los: “cuerpos [que] insisten en volver, emergen del agua / pesada que cae y tropieza en las campanas”. Los poemas de Un día maíz son de una sintaxis irregular, abundan en subordinaciones y juegan -muy en serio- con la realidad testimonial. Son poemas en los que la voz que escribe es la sentenciosa mirada de la poeta -Mery Yolanda Sanchez- a la historia de un país que repudia el futuro y la inexistencia de la esperanza, así nos despierta a golpes de verso-bofetón el libro Un día maíz.

III

La guerra

Todos los aviones regresaron a sus bases

Pero no todos los hombres

regresaron a sus casas. Pero no estaban

todas las casas de los que regresaron. Pero

no todos los que regresaron

encontraron a todos en sus casas.

Manuel Díaz Martinéz

La poeta en el libro Un día maíz, junto a otros, es la única capaz de proclamar que habitamos “una isla en el trópico de la guerra” (Belkis Kusa). Este aislamiento al que somete el conflicto le hace ver a consagradas voces que la poesía es la “resistencia espiritual” o el “paraíso recobrado”. Una ocurrencia que nos lleva por los países inventados o las utopías en ciernes. Qué pasaría si los “alzados en almas” de la poesía criolla pensaran en la opción de superar una “metáfora” para aceptar, por fin, los hechos. El poema como lo muestra Un día maíz es la reparación que muchas víctimas han esperado. En esas palabras están sus seres extraviados, sus tierras abandonadas, sus huídas y peregrinajes hacia el olvido. La poeta, sin duda, se lo ha hecho ver a los cientos de miles de aludidos ¿Pero qué hay de la “cultura oficial”? Estarían los dignatarios, del partido gobernante -hace pocos días- negacionista del conflicto, en capacidad de alfabetizar a la sociedad en todos sus estamentos, clases, divisiones, grupúsculos y tribus con LA REPARACIÓN POÉTICA DEL CONFLICTO. El estado, uno de los agresores, podría participar en la visualización benéfica de los hechos rechazados por las instituciones, transmitidos a medias por el periodismo, reprimidos en su voz sin piedad. En Argentina al final de la dictadura una comisión encabezada por Ernesto Sábato entregó al presidente Alfonsín un informe sobre la represión militar, conocido después con el nombre del novelista. ¿Es posible un “Nunca más: informe Sábato” en el trópico de la guerra? A ustedes, los que se atrevan, les queda esta consigna para juzgar su relevancia o su prioritaria necesidad. Por si acaso, ahí dejo un encabezamiento:

Los elementos dejaste asidos

con un brazo de paz y otro de guerra,

la negra habitación del hondo abismo,

todo lo sujetaste a sus sentidos;

sujetaste al hombre Tú en la tierra,

y huye él de sujetarse a sí mismo.

Francisco de Quevedo

PD. Queda el libro Un día maíz para descargar y una antología de “War Poetry” para allegarse a una indeleble tradición.



20/5/11

La democracia prohibiéndose a sí misma

¿Es posible un totalitarismo democrático? La pregunta sobra porque ya ocurre en muchos lugares. En el norte de África las revoluciones surgieron de autocracias que celebraron “elecciones”. En Latinoamérica se han elegido por décadas a los mismos partidos con los mismos apellidos, con sabores que a veces cambian o colores que se reciclan. Esto no sucede porque las mayorías voten engañadas, ya que esas fantasmales mayorías lo hacen a propósito con una convicción somera pero eficaz. El mecanismo aunque parezca extraño se debe a una obvia jugarreta binaria que divide a la sociedad en polos opuestos: rojos y azules, demócratas y republicanos, derecha e izquierda, conservadores y liberales, republicanos y monárquicos, populares y socialistas. Estas oposiciones deben resolverse en una síntesis: el gobierno de los más votados frente al recelo de los menos sufragados. La función histórica del voto es la de otorgar el poder al que tiene la suficiente fuerza para tomarlo sin aprobación de nadie. El teatro político encubre esa fuerza absoluta bajo el cumplimiento de unas reglas constitucionales, una jurisdicción ambigua y la aplicación de una justicia que no llega ni a la cojera. A esto le sumamos la propiedad o parcialidad de unos cuantos periódicos o canales de TV, un banco competente y un pulpo global, como la mafia o las multinacionales, y el resultado nos lleva a la máxima “la democracia somos todos”. Salvo que en esos “todos” hay unos “ellos” -muy pocos- que le dan por el culo a los “demás”, el resto.

“Ellos”, los ganadores se reparten el botín fiscal, laboral, las infraestructuras, las bandas magnéticas, los recursos naturales y redactan algunas leyes que los hacen inmunes al virus de los otros. Estos son los perdedores que esperan como “santos” un turno para hacer lo mismo cuando sea oportuno. Todo lo que sube tiene que bajar, así que las gallinas de arriba cagan a las de abajo gracias a que estas saben que les llegará el turno de contra-cagar al oponente. Las sociedades se integran a esta dinámica con una inercia pavorosa, tanto que los pocos años de sucesiones democráticas -si acaso algunos lustros en las naciones más afortunadas- se toman por un conveniente destino histórico que resulta irrevocable. La sucesión de las democracias se juega a partidas de dos jugadores y en las apuestas nos revolcamos todos aquellos que carecemos de color, polaridad o apodo. Los del medio, siempre los más, los votos en blanco, la abstención, el voto nulo. El crudo democrático que no se ha cocinado y que a veces llega a pudrirse sin remedio, olvidado por los ganadores y rechazado por los perdedores. Nadie se junta con los indecisos, con los votos sin partido: esas caras que se aburren con el espectáculo.

A estas caras aburridas se les conoce ahora como “indignados”. Están en la calle diciéndole a la bipolaridad oscura que sella el acceso a la justicia, la igualdad y el cumplimiento de los derechos fundamentales: basta de espectáculo. Sin embargo, la indignación ha coincidido, sin quererlo, con la votación y el Tribunal que decide por las filas de votantes bipolarizados prohíbe a los sin voto, a los sin democracia, que le jodan el sagrado deber del voto a los que eligen a las próximas gallinas que vienen de ser cagadas y que cagaran todo lo que puedan a las que se bajan del poder.

Las instituciones democráticas protegen su reliquia sagrada, el voto, de los que saben y padecen la inutilidad de los domingos electorales. Esa democracia prohíbe la crítica de sí misma, se refugia en una ley que garantiza los privilegios de unos pocos gracias a la contabilidad de unos cuantos papelillos sacados de la manga con parcialidades ya conocidas: a veces ideologías trasnochadas y otras la prosperidad burocrática, contractual o sindical. Los que están fuera de la fila estamos condenados a callar en día de elecciones. Esa especie de reverencia a la pascua del sufragio huele a los alcanfores del engaño y la dormidera. Ninguna democracia puede prohibir la crítica a la inutilidad del voto. Buscamos votos al servicio de la humanidad no de la mezquindad política. Fuera partidos, fuera leguleyos y corruptos. Debemos preparar una bienvenida a los que sin voto ya tienen voz.

14/5/11

Ars utinam...(reloaded & corrigenda)

-No puedes andar así por la vida...tú te crees dios.
-Tenía que basarme en un modelo anterior.
W. Allen (Manhattan)
La ignorancia de unos versos latinos, del perfil en un retablo y su pintor, así como del lugar que guarda el cuadro. Todo esto en la contraportada vacía de un libro que ahora reaparece desde su error. A veces la traición de la memoria o la desidia se cobran el fruto de una conciencia tardía, agradecida por la recuperación de un recurso supuesto, desafortunado en ausencia. Esto le sucedió a unos libros que sufrieron el olvido de Marcial y la negligente memoria de su fantasma en los epigramas de Ben Johnson. En ellos se confiesa una gran falta de oficio en la adoración a los dignatarios o se recrea en sinopsis -con menus incluidos- las cenas y los diálogos que las degustaron.
Sin embargo, quedó el final de ese otro epigrama tal como aparece en el "cartellino" del retrato de Ghirlandaio. En este tipo de retratos la pintura del Renacimiento creyó representar al cochero del alma, aquel que intenta gobernar a dos caballos alados que tiran cada uno por su lado. Sirva este mea culpa de oportunidad para atribuir a estos versos los modos del epigrama (ver: escribir encima). Composiciones que pueden sugerir con los ingredientes de una merienda el espíritu de aquel ser admirado durante la coartada socarrona del amor gozado y masticado. Nada hay escrito sobre el aire, toda palabra es etiqueta, emblema, placa de calle en los objetos o situaciones, y en la seudoexistencia digital que absorbe nuestros sentidos: más que aforístico el twitter resulta epigramático...

19/4/11

Filósofos...buen nombre para una cerveza (o qué hacen los que por fin hemos conseguido no hacer nada)

I

Llego tarde al debate, lo siento, pero me gustaría empezar por aquella exaltación con la que los llamados a sí mismos “filósofos” -por título académico o ejercicio profesional- responden a una intencionada pregunta “de titular” hecha para “picar lenguas” (¡nada más!). Sin duda, el centro de la polémica son los “estereotipos” que rodean a la representación pública del filósofo y el perezoso esfuerzo de los primeros interrogados por superar una -dicen…- equivocada imagen. Los otros aludidos, en esta suspicaz pregunta, sienten una insoportable “piquiña” y se lanzan a responder con valentía -de gremio- acerca del por qué ellos consideran que ellos mismos, como filósofos, rompen los “estereotipos” e intentan erigirse, a sí mismos, una vez más, como ejemplos de la imagen reguladora que ahora debemos tener de la función pública del filósofo.

En mi opinión creo que no hay estereotipos que atacar, ni “vidas filosóficas” que defender o reivindicar. No hay que generar una histeria profesional porque a un periodista se le ocurre preguntar si entre el filósofo y la sociedad existe una cordial relación de indiferencia. Cualquiera que no sea redactor, de Arcadia, sabe que los buenos de Sierra, Zubiria y Parra no han hecho a lo largo de sus vidas más que su trabajo y lo han hecho bien en un país bastante complicado…incluso para respirar. Sierra fue de los primeros en transmitir la obra de un profesor exiliado en Nueva Zelanda que habló de un modelo, bastante problemático, de “sociedad abierta” ¿Tiene algo de estereotipado enseñar las claves de un asunto prioritario para el “paisito” que nos ha tocado en gracia? ¿No es suficiente la educación y el trabajo académico como respuesta a la función pública del filósofo? Algunos, al parecer, le hacen el juego a un titular y se olvidan de las edades y las respuestas que han pasado por esta sugerente cuestión ¿Qué demonios hace un filósofo? Pregunto a los corresponsales de este debate si es posible tratar esta cuestión según el lugar, el tiempo y la sociedad en la que vivimos. Será exigir mucho pedir un poco de sentido común y menos twitteo aforístico.

II

Aquel diplomático florentino, a bailes con una excéntrica familia que le pagaba por sus notables servicios, decía que si observamos la historia los filósofos no entran los primeros en las ciudades conquistadas, lo hacen entre los rezagados, escondidos en los carros de heno que entran junto a los cocineros y al burdel de campaña. Siglos después al hijo del pastor, luego filólogo, pero entusiasta de la artillería prusiana, le hubiera disgustado que le juntaran con las diversiones de la soldadesca. Igual que al indispensable heredero vienes que se alistó en la Gran Guerra para acabar en un campo de prisioneros dándole vueltas a la idea de que ciertas expresiones mejor debían callarse, porque resultaba inútil intentar decirlas. Ni que hablar del deber que cumplió el ateniense más feo y más preguntón de la historia en las guerras espartanas, reclamo que sus defensores usaron para salvarle de una irrevocable condena: no creer en los dioses. También está aquel que fue vendido como esclavo por diferencias irreconciliables con su discípulo, un tirano cualquiera, y qué decir del emperador que sucedió a Adriano. Estos son los filósofos a veces prisioneros, otros emperadores, muchos soldados, vagabundos, jorobados, diplomáticos, preceptores, extrañados por sus pueblos o condenados a la soledad.

Cuando me asomo a esta “personajada” busco consuelo en la curiosidad periodística y en el escándalo de los filósofos, muy de blogueo y facebookeo, que se olvidan de otro que intentó en las elecciones anteriores anticiparse a la esperpéntica corruptocracia que ahora gobierna en la figura de ese filipichín renegado, reluctante a la obediencia con el patrón. Si...puede que la ola verde fuera de charco y el surf de la esperanza nacional se truncara, pero ese es filósofo. No entiendo cómo dejamos de hablar de las cosas que tenemos ante nuestras narices e indolentes nos da por el discurrir. Hace falta mucha filosofía…en esos que se dicen filósofos.

12/1/11

La indignación del ángel

“Cada mañana que llega nos informa las novedades que suceden en el mundo. Pero somos pobres sin embargo en historias que tengan interés. ¿A qué se debe esto? A que ya no llegan a nosotros acontecimientos que no vengan entremezclados con explicaciones. Dicho en otras palabras: casi nada de cuanto nos sucede beneficia a la narración; casi todo es informativo”, W. Benjamin,

I

El impacto cultural de un libro es el mismo de cualquier otra mercancía: el número de unidades vendidas. Algunos dicen que el libro de Hessel “¡Indignaos!” (Indignez-vous!) ha vendido, desde su lanzamiento en octubre, más de 900.000 ejemplares. Esto le convierte en un superventas (best-seller), a pesar del polémico título, la brevedad de sus páginas, el tono retórico de un manifiesto que incita a la rebeldía no-violenta, a la crítica de la indiferencia frente a la desigualdad, la exclusión social, la violencia, y el dominio infame de los mercados.

Los liberales ingleses y la derecha francesa han descalificado el texto de Hessel por panfletario y folletinesco, dicen que se trata de una narración pobre, carente de cifras y estudios técnicos que sostengan sus argumentos. La carencia de información que rebatir y la urgencia de un posicionamiento ético -el llamado a la responsabilidad individual- frente a la catástrofe humanitaria que vive nuestro mundo convierte a Indignez-vous! en un golpe de suerte comercial, en un producto cultural alineado junto a la crisis del modelo europeo y la búsqueda, un poco anticuada, de respuestas al compromiso social de los individuos.

A Hessel, un hombre de 93 años, miembro de la resistencia francesa, sobreviviente a un campo de concentración, coautor de la declaración de los derechos humanos, le basta con recordar su educación con Merleau-Ponty, señalar las consignas y las contradicciones de Sartre o describir una alegoría de la historia de Benjamin, para mostrarse como un agitador de conciencias, un ‘moralista de la resistencia’ que pretende exaltar una pasión política indispensable: la indignación.

Hessel nos dice “busca algo con que indignarte, seguro que lo encontrarás”. Para algunos la indignación es una emoción menor que no acrecienta la facultad crítica, ni los efectos colectivos de la iniciativa individual. Omitir la indignación como una pasión política que nos incita a la rebeldía, a la crítica de la injusticia, representa el clamoroso olvido de uno de lo epitafios más bellos e irónicos jamás escrito:

“Aquí reposa, el cuerpo de Jonathan Swift, Deán de la catedral, lugar donde la furiosa indignación (saeva indignatio) jamás volverá a herir su corazón. ¡Ve viajero! e imita, si puedes, a este audaz defensor de la libertad del hombre”

La pobreza y el sufrimiento de los irlandeses en manos de las políticas mercantiles de Inglaterra fue uno de los repetidos asuntos de la “furiosa indignación” de Swift ¿No son acaso, los irlandeses aquellos liliputienses que reducen al gigante y luego dependen de él para atacarse unos a los otros? La indignación fue el motor de las sátiras de Swift a las mezquindades humanas que sucumben con facilidad a la corrupción, la servidumbre y la ignorancia como si se tratara de criaturas faltas de racionalidad, asiduos dependientes de una posición social, de la riqueza o el poder ¿No son los refinados caballos de Houyhnhnms los perfectos señores de la débil naturaleza humana? Sin la indignación no tendríamos, ni Gulliver, ni yahoos.

II

La indignación es una pasión política fruto de la crítica a las transgresiones de la vida pública cometidas por gobernantes y corporaciones. Mirar hacia otro lado, justificar la transgresión del bien común en nombre de los intereses particulares es una práctica admitida en nuestra época y divulgada por los medios de comunicación adscritos a un partido, a un gobierno o a un conglomerado empresarial. Los periodistas son los decanos de la indiferencia, pastorean a la opinión pública para que se olvide de las consecuencias de los crímenes contra el bien público. Por definición, todo contenido informativo excluye la posibilidad de la indignación. Los acontecimientos se filtran, se acotan, de tal modo que recibimos el cubrimiento de una guerra o de una hambruna, como un espectáculo informativo en el que sobran los sentimientos. Es ilegítimo y “políticamente incorrecto” indignarse mientras se lee un periódico en Internet.

La mejor manera de potenciar la indiferencia es convertir la corrupción en un espectáculo. Este fin de semana hemos visto a Clooney y a Carter defendiendo la democracia en Sudan, las elecciones fueron vigiladas vía satélite decía el guapetón aquel. Nadie explica por qué en Sudán no hubo ningún organismo internacional que evitara las masacres, el desplazamiento forzado y el hambre. Sin embargo, cuando la gloriosa democracia con sus cajitas de voluntad colectiva y sus papelitos de elección ciudadana llegan a un lugar devastado por la guerra, al mundo sólo le interesa la glamurosa escolta que los acompaña ¡Esto me indigna!

¡Busquemos algo con que indignarnos, seguro que lo encontraremos!

III

Walter Benjamín, amigo del padre de Hessel, adquirió en los años veinte para su colección personal la acuarela Angelus Novus de Paul Klee. La interpretación alegórica de esta imagen es uno de los pasajes más citados Benjamin. El rostro del ángel muestra el espanto, y por qué no, también la indignación, ante el sentido catastrófico de la historia en el que se mezclan la angustia que constata los repetidos estragos del progreso y el inútil propósito de reparar la destrucción.

El indignado, o impotente, horror ante el sueño tecnológico del progreso global, sin límites, es el retrato del ángel que despierta, que retorna a la vigilia para contemplar cómo las limitadas condiciones ecológicas y humanas del planeta son atropelladas. Pero, este arrebato del ángel se ve lastrado por el mismo sueño de la destrucción que restringe la vigilia a un mero instante ¿Se trata del instante de la indignación? ¿Tendrá la indignación algo que ver con la irrupción de la conciencia religiosa en la historia de la transformación material -catastrófica- de la naturaleza alegorizada por Benjamin en el ángel de Klee?

Hessel no ofrece una respuesta, pero repite “busca algo con que indignarte, seguro lo encontraras”. Será esta la consigna que sugiere la posibilidad de un instante de vigilia en medio del sueño tecnológico que justifica las catástrofes del progreso que nos son transmitidas en el gran espectáculo multimediático-digital en el que vivimos. Quizá el consuelo esperanzado de los que buscan acrecentar la vigilia individual frente a la frustración global que obvia la destrucción sea parte de la histórica consigna con la que Hessel finaliza el libro:

“crear es resistir, resistir es crear”

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...